En las escuelas de moda y en la industria, a menudo nos enseñan que toda colección debe empezar con una narrativa. Una referencia histórica, una historia concreta o una gran emoción que marque el tono de todo lo que viene después. Es una idea preciosa en teoría: construir primero un mundo y, a partir de ahí, diseñar la ropa que lo habita.
Pero a mí ese enfoque nunca me ha salido natural.
Nunca he empezado una colección buscando una trama externa ni rebuscando en archivos para levantar un marco conceptual. Mi creatividad no nace de mitologías, épocas lejanas ni relatos dramáticos. Nace de algo mucho más íntimo y real: mi vida cotidiana.
Diseño desde lo que de verdad uso, desde cómo me muevo en mis rutinas, desde cómo me siento en un día cualquiera. Me fijo en la ropa que elijo sin pensarlo, en las siluetas que me atraen de forma casi automática, en las telas que tienen sentido en cada momento. Ahí está el punto de partida.
En muchos sentidos, la intuición lo decide todo. Y para mí la intuición no es algo misterioso, es la suma de lo vivido. Experiencias, recuerdos, referencias visuales, escenas pequeñas que se quedan sin que te des cuenta. Con el tiempo, todo eso se mezcla en un segundo plano y se convierte en una brújula interna. La creatividad lo filtra, lo ordena y lo transforma en forma.
Por eso mi proceso no empieza con un tablero conceptual ni con una narrativa escrita. Primero hago. Dejo que las prendas aparezcan de manera orgánica, siguiendo lo que se siente honesto, funcional y auténtico.
Y entonces pasa algo curioso.
Cuando las piezas empiezan a existir, incluso en versiones tempranas, empiezo a reconocer las “inspiraciones” de las que todo el mundo habla. No como un punto de partida, sino como un descubrimiento posterior, sutil y casi accidental. Un equilibrio de color que me devuelve a un lugar donde estuve. Un diálogo de texturas que se parece a una imagen que me acompañaba sin saberlo. Una composición que se siente familiar, como si viniera de un rincón de la memoria y no de un moodboard.
Esos detalles no guían la obra. Se revelan después. Como si la colección, al cobrar vida, recordara todo lo que me había ido moldeando mucho antes de sentarme a diseñarla.
Esta es mi manera de crear. Con los pies en la tierra. Instintiva. Moldeada por la experiencia vivida más que por una historia prediseñada.
Y ahí está la belleza: la historia de la colección no existe antes de la ropa. Aparece a través de ella.
